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¿Por dónde empiezo? Una cuarta vez, como rito anual, participé en el Concurso de Microrrelatos José Mª Rubio. Pero este año también venía mi novia Pamela. Casi nos quedamos sin ir porque Gloria había sufrido un esguince en un pie y no podía conducir. Pero una amiga de esta amiga nos llevó a todos, con silla rodadora y todo.

Buenas compañías

Buenas compañías

En la primera ronda, los cuentos debían empezar con «Yo también estaba en una encrucijada», e incluir las palabras perdón y rubia. Estaba nervioso justo porque no me sentía lo suficiente nervioso. Además, cuando empezaron los doce minutos de borrador, la mujer a mi derecha se puso a escribir al instante como una locomotora, y a mí no se me ocurría nada hasta que mis asociaciones hicieron click.

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BELLOTERO NOIR

También yo estaba en una encrucijada. En concreto, la rotonda del borrico Tomás. La mejilla me ardía en forma de mano. Le dije a la rubia:
—¡Era sólo un piropo!
Y me cruzó la cara de vuelta y vuelta. Después, se giró con la barbilla alta por la calleja del Tío Eusebio, tratando de que las piedras no le hicieran perder el equilibrio. Pero en fin, los tacones es lo que tienen. Al llegar a la altura del portón verde, se escalabró contra el suelo. Entre el polvo del sendero, su figura de mujer fatal había perdido toda elegancia.
—Perdón —le dije—, el autobús es p’al otro lao.

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Comentando a la salida con los demás mientras el Jurado deliberaba (¿hay otra cosa que hagan?), mi novia deseó pasar la primera eliminatoria, pues había disfrutado mucho del juego. Yo también lo deseé, para que sintiese el subidón de pasar a la segunda ronda, en la que estos años me he solido quedar mientras Gloria llegaba a la final.
Gloria pasó a la segunda, por supuesto. Empujé su silla para que no tuviese que hacer el baile del cangrejo. ¡Y Pamela! ¡Pamela pasó! Me lo hubiera tenido que tomar con filosofía si yo no, ¡pero también lo logré!

El baile del cangrejo.

El baile del cangrejo.

Diría que la segunda ronda es la más difícil. Es el doble de extensión que la tercera, sí, pero el pie que te dan no es de comienzo, sino de final: «con la conciencia en paz». Y debíamos añadir las palabras impermeable y ruina.

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SALIR DEL CASERÓN

Llueve dentro de la casa. El tejado es una ruina. Ayudo al anciano a salir al patio. Fuera llueve menos. Vuelvo al recibidor para entregarle su impermeable. No parece oír más que el plomizo contra el plástico amarillo. Para que me escuche, le quito la capucha, y veo que también llueve bajo sus párpados. Le devuelvo el reloj, y escampa. Me arrodillo ante él, y le pregunto si ya está listo para irse. Asiente, y expulsa de sus bolsillos arena ensangrentada. Le guío fuera del caserón. Me gusta que mis clientes se retiren de la vida con la conciencia en paz.

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Durante el segundo descanso, tocó el órgano (digital) Paco Recuero, un hombre que compone como Angelo Badalamenti sin tener nombre de músico.
Y llegó la ronda final. Cinco personas. Cinco.
No sé cómo decirlo sin que suene frío o tonto. Dijeron mi número. Crucé el pasillo medio bailongo. Los aplausos me sonaban como una cascada de agua fresca que corre por un acantilado después de mucho tiempo. Fui a colocarme en mi sitio, y cuando aún no me había sentado, dijeron el número de Pamela. ¡Pamela también! Vino dando saltitos como todo finalista debería hacer, y nos sentamos contentos por tanta sorpresa.

Justo en ese momento pasó Claudia Schiffer.

Justo en ese momento pasó Claudia Schiffer.

La ronda final constaba de 50 palabras máximo. El pie de comienzo era «los clavos están en su sitio», y debíamos incluir arena y locura.

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Los clavos están en su sitio. Los ojos sedientos de más. Hay más locura que arena, sólo de alivio el sudor. La sangre cubre las almas, justo para limpiarlas.
Nunca tres martillazos habían quebrado un imperio.

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"Cacho cuento ma salío"

“Cacho cuento ma salío”

Ya estaba contento porque para mí la mitad del premio es leer el cuento en voz alta. Pero me puse más contento cuando le dieron el quinto premio a la señora que se había puesto a mi derecha, y el cuarto a otra mujer. Porque eso significaba que yo iba a estar entre los tres primeros (dinerito). Así que me vinieron los nervios y el bailoteo. Tuve que disimular la euforia cuando le dieron el tercer premio a alguien más que no era ni Pamela ni yo.
—¡Primer premio…! —y dijeron mi nombre. Pamela quedaba segunda conmigo.
—¡La primera pareja ganadora! —celebraron.
Era… Era el momento. Era como cuando Goku ganó por fin el Gran Torneo de las Artes Marciales, y Dragon Ball podría haber finalizado perfectamente sin echar en falta guerreros del espacio. Era la constatación de que todos con afán (todos a la vez) podemos alcanzar nuestros objetivos. En mi caso, no había escrito un solo cuento en dos años, pero me los había pasado traduciendo subtítulos de series, y de ello siempre se aprende a manejar la economía y concisión de palabras.

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Pude darme el gusto de leer en voz alta el cuento. Cuando nos despedíamos, le dijeron a Gloria:
—¡Que te paguen la gasolina!
Bueno, digamos que… Más valen cien euros en mano que doscientos en el banco.

La parejita desbancapremios

La parejita desbancapremios

Crónica oficial de la Biblioteca Municipal de Navacerrada:
http://biblionava.blogspot.com.es/2015/05/cronica-del-maraton-de-microrrelatos.html

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