Una adolescente llevaba hablando por teléfono dos paradas de tren.
—Pues sí, tía, de verdad, tía que no me lo explico… Como te lo digo. ¡Pero tía!
Le escribí una nota. Acabada su llamada, me acerqué con actitud de camarero mongol. Alcé la mano con la cuartilla plegada a la altura de sus ojos; su mirada lo siguió dos segundos algo tensos, y densos. Conseguí de ella una mueca de incredulidad, de temor por el contenido del papel mal arrancado, pero al fin la curiosidad le hizo agarrar la nota.

Mi vena guasona se había interesado primero por cuál sería su reacción posterior. ¿Diría “¿eres imbécil, tío?”? ¿Se reiría? Pensé en decirle que era una broma, pero le hubiera quitado mucho efecto. Tan sólo continué hacia el extremo del vagón sin hablar ni mirar atrás, caminando como un mariscal prusiano borracho. Bajé del tren, riendo en la noche.

En la memoria de la tía-tía, o puede que en la papelera de aquel vagón, unas palabras dijeron:

Multa por decir demasiadas veces “tía”.
(14 abdominales y 30 flexiones)

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