Después de años pasando por delante, esa calleja me llamó la atención. La boca de su alcantarilla no tenía tapadera: un círculo negro en mitad del asfalto. De lejos se presentía poco profundo. A cada paso, mi ángulo de visión me lo revelaba algo más hondo. Visto desde justo encima, no era ni tan profundo como para temerlo, ni tan al ras como para saltarlo porque sí. Respetable a secas.
Tumbado contra los arbustos a un lado del camino, el palé. Una vez (lo recordé de repente), lo había visto echado sobre esta misma boca. A la vuelta no estaba.
Cubrí el agujero con el palé, aun a riesgo de entorpecer el paso a alguna furgoneta.

Amanece. Tiene tapa.

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