Me entró hambre en la biblioteca. La máquina tardaría unos segundos en servir uno de esos cafés hechos de tinta con azúcar, que matan el gusanillo. Mientras, fui a comentar al conserje que en la caja de reciclar pilas habían dejado una bombilla.
Volví de nuevo. Tres niños miraban ávidos el café a medio servir. ¡A lo mejor había salido solo, y era chocolate! ¡Chocolate gratis! Me puse en el hueco que quedaba entre ellos y la máquina, y la contemplé igual, mientras decía:
—¡Es increíble, qué espectáculo! ¡Un café!
Y me lo llevé antes de que alguno acabara de madrugada con los ojos como platos.
Me dio más hambre.

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