Y sucedió. Estaba tan nervioso que no daba pie con bola, pero sucedió. “Zeus contra Tifón” fue representada.

Hubo diversos contratiempos que hicieron que la platea sólo pudiera llenarse hasta la mitad: el centro cultural cerró toda la semana anterior por las fiestas de la patrona y sacó tarde los carteles, y muchos de mis contactos de FB ignoraron el evento que preparé hace medio año porque aún faltaba medio año… Pero las personas que tenían que estar, ¡estaron! Tenía silla reservada como autor en primera fila, desde la que podía reconocer a los amigos que habían venido; incluso caminando a través de carreteras sin pasos de cebra desde Villalba. Pero me sentía tan NERVOSIO por el estreno, que me quedé sentado junto a mi novia (solamente puedo decir: gracias por venir). De hecho, creo que estaba más tenso que algunos actores del reparto. Es lo que siempre hace Saskia, la directora de estos talleres teatrales: da seguridad propia donde antes no parecía haberla. Saskia habló desde la cabina técnica; dijo mi nombre, y que se apagaran los teléfonos. Comenzó la función.

Debido al aire acondicionado y a que la gente se come mucho el sonido (¡tragones!), al inicio los actores se oían bajito. Pero entró el Narrador y de nuevo zumbó la aguja bien para arriba. Gracias, Álvaro, eres la prueba física de que un papel que empezó como una mera voz en off puede enriquecerse hasta determinar el éxito de una función.

Como autor perfeccionista, vi fallitos menores, pero de los que no maltratan en modo alguno el sentido del texto; y que incluso aportan una rara viveza. Hubo lo típico: chistes de referencias a la mitología donde la gente no se rió, y algún chiste añadido durante el montaje que a mí me avergonzaba pero a la gente le divertía. Diría que el único fallo visible fue el de una actriz que, con apenas un día de margen, había tenido que aprenderse el papel de una compañera enferma. Una risa nerviosa le estalló. Al público no le importó. Rió con ella.

¡Y un caso especial por lo ilustrativo! Antes de que entrase una alumna nueva y hubiera que reajustar el texto, la escena 4 terminaba con cierto remate. Pero varios borradores después, el chiste gordo (justo anterior a aquel otro) se lo quedó la chica nueva. Según mi percepción, al soltar la Señorita Elegante 3 el bombazo y dejar la escena vacía, impulsó a la gente a aplaudir como un final de escena. ¡Se apropió de todo el público, fue grandioso! El matiz que usó con la voz me mataba de risa, no me lo esperaba. La cosa es que, a continuación, entraba el personaje que en el primer borrador decía aquel antiguo remate. Se quedó ahí, esperando a que todas las manos dejaran de aplaudir, para soltar su línea y recoger los bártulos. Pienso ahora que la escena acabó tan maravillosa tal cual la cerró la Señorita 3, que si el siguiente actor hubiera recogido todo en un modesto silencio como transición a la escena final, no sólo nadie hubiera echado en falta su línea, sino que además el ritmo no se hubiera interrumpido y esa predisposición del público hubiera continuado presente en el colofón de la obra. Pero en fin, no se lo tengo en cuenta al actor porque en la primera escena bordó el personaje que en un principio me había reservado a mí mismo (para hacer un cameo a lo Hitchcock), y que acabé confiándole. Sabía que iba a hacer reír al público tanto como lo hizo.

De las críticas que los amigos vinieron a darme al final, me quedo sobre todo con la que me hizo la colega de unos desayunos literarios: “Es la primera vez que me interesa una función juvenil.” Espero en el futuro escribir más textos teatrales, ya sea de nuevo juveniles, para adultos… Si persevero y afianzo mi técnica, puede que algún día me sea posible escribir el tipo de obra más difícil de todas: ¡infantil!

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