Me siento rara. No es por el tifón que aplasta los últimos sembrados fuera de la ciudad. Ni siquiera por el olor a sangre evaporada de mi desecador mini. Más bien porque, en la última visita de mi madre al campus, según entró por la puerta le dije con voz muy alta:
—¡Hembrononón!
Mis dos compañeras se excusaron del apartamento. Mi madre carraspeó sin acordarse de cerrar la boca. Disimuló y comenzamos una conversación normal.

Nada más irse, revisé mis apliques cerebrales. Lo malo de este tipo de “apuntes”, es que a veces también se traspasan datos que no tienen nada que ver con la materia. Las profesoras nos suministran resúmenes limpios, inamovibles, sin interferencias emotivas. Pero una compañera siempre puede dejar alguna impresión en sus apuntes sinápticos, y al ser un sistema en pruebas, salen en automático para evitar daños neuronales. Cuando entró mi madre, estaba estudiando economía. ¿Quién me pasó los apuntes?

Horton. “Hotto-san”. No sé para qué nos separan por sexos, si luego dejan entrar a alguien como ella. Voy a desactivar su archivo; prefiero aprobar economía a base de esfuerzo antes que volver a piropear a mi propia madre. Pero antes, a refrescarme la cara en el lavabo.

Miré en el espejo mi propio rostro, adornado por las gotas que aún resbalaban. Decidí girarme deprisa. Regresé por el pasillo, rumbo a la habitación, pero algo me hizo detenerme. No me había secado la cara. ¿No me la había secado, o…? No, tenía que ser eso. Volví al lavabo. Usé mi toalla, pero la cara me ardía de tal modo que tuve que remojármela otra vez. Una sensación cálida me inundó al mirar el reflejo de mi propia sonrisa. Me da vergüenza reconocerlo, pero aprobé economía.

 

Emitido en el programa literario de Radio 21
La Biblioteca Encantada” nº 76.

Para oírlo y descargarlo:
http://audioracoon.com/audios/ficha/hotto-san/1265

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