“El Perfume” es uno de los mejores libros que haya leído en mi vida. No debería ser lectura obligatoria, pero precisamente para que cada cual se acerque a él con gusto, y con la posibilidad de poder disfrutar de él a su propio ritmo.

Es cierto que el inicio es desagradable, pero lo es al modo de una barrera de fuego que separase el Purgatorio de los Pusilánimes del Paraíso de los Lectores.

El Grenouille “chiquirrinín” que despierta con la nariz y desnuda con el olfato al padre Terrier es digno de la mejor historia de terror.
¡Qué hermosa la alegoría de la garrapata en el árbol! Y qué triste cuando sus compañeros de la casa de Gaillard le temen hasta para ahogarlo.
Tiene un finísimo sentido del humor: “Sus siguientes palabras fueron pelargonio, establo de cabras, berza y Jacqueslorreur”. Y en detalles como cuando el Ántrax no puede con Grenouille, mientras que todos sus tutores se van muriendo nada más decir adiós y cruzar la esquina.

En el capítulo 10, el diálogo de Baldini y Chénier se convierte en una farsa teatral. Literalmente.
Luego Baldini se enfada tanto como para afectar al narrador, que empieza a soltar lo que parece un monólogo de autojustificaciones egoístas. Como cambiando un sermón del viejo perfumista a tercera persona.

La segunda parte me recordó mucho a ideas y experiencias propias, pero ni por asomo tan extremas. Yo no podría alimentarme de serpientes.

A juzgar por el tráiler, parece que la película del 2006 se centra más en la trama policíaca de la tercera parte. Pero de novela negra tiene lo justo, apenas se bosquejan las investigaciones, y el proceso de los asesinatos se describe más como la realización de una obra de arte que como crímenes. El título casi sería mejor “El Perfume, Historia de un Artista Asesino”; antes que asesino, el alma de Grenouille es la de un incomprendido que quiere sobrevivir al mar de peces muertos del que nació. Bajo otras circunstancias, por ejemplo en la actualidad, podría haber disfrutado de una beca y ahora sería el nuevo Paco Rabanne. El único daño que podría perpetrar, sería por ejemplo decir:
“¡Cáspita! ¡El satélite MIR va a caer sobre París!

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