Hoy 15 de marzo del 2013, hace 2057 años que Cicerón recibió el mensaje de un hombre jadeante. “César ha muerto”. La impresión debió ser considerable: el sereno y espiritual Cicerón en su villa campurriana viendo crecer los hinojos silvestres (o lo que sea que creciera por ahí), y de improviso, una figura humana trastabilla en el horizonte. Apenas ya coordina un pie delante del otro; hasta iría más deprisa rodando colina abajo. Se detiene en los jardines del ex-político y transmite su mensaje entre jadeos y esputos. César ha muerto. A mí me dicen eso tal cual y se me ponen los pelos como escarpias. No en vano aquella película de David Lynch empezaba igual: “Dick Laurent is dead.” Cicerón agarra sus bártulos y regresa a la capital para tratar de salvar la República. Historia memorable y emocionante, pero yo me pregunto: ¿el mensajero, el hombre caballo, qué pasaba con él? ¿Se volvía luego a Roma haciendo autoestop? ¿Se quedaba en los establos del receptor esperando respuesta y bebiendo aquarius?

Con tanta revolución industrial se han perdido trabajos honrados como este. ¿Qué hacen ahora los corredores expertos? Pasan todo el año imponiéndose retos (ahora voy hasta la panadería, ahora hasta el estanco, ahora desde la panadería al estanco pero en la mitad de tiempo), para que luego vayan a las Olimpiadas y, salvo las groupies, no se acuerden de ellos ni los que escriben los rótulos. ¿Qué mayor gloria que ser un nuevo mensajero como el que, exhausto, apareció en Atenas anunciando el final de la Batalla de Maratón?
—Hemos… —jadeos.
—¡Que se cae! ¡Agarradle!
—Hemos…
—¿Ganado, perdido? —¡plaf, plaf, bofetón!
—Hemos ganao —muerto.
—Josechu, es que reanimas muy fuerte.

Y más teniendo en cuenta los millones de personas que hoy día no tienen en qué trabajar. ¿Por qué no fundar una empresa de mensajeros a pata? Vale que en la ciudad los atropellarían a los tres segundos, pero en un pueblo como San Martín de Valdeiglesias no sobrarían. La empresa podría llamarse Correveidile. Bueno, no, que así se llama la tienda de reparación de bicicletas. Mejor, “Correveidile ¡2000!”
Esta empresa contrataría a corredores que ya no tendrían que correr por mantenerse en forma, sino para mantenerse en nómina. Lo único que, claro, los mensajes importantes seguirían dándose por los medios rápidos. Eso dejaría a los valerosos mensajeros las orgullosas misiones de comunicar:
—Arf, arf… Carrión… Arf… A Carrión le gustas.
—¿Qué Carrión, el mayor o el pequeño?
Así, aparte de producir empleo, elevaríamos el valor de los pequeños detalles cotidianos.
—Arf… Le gustabas al pequeño, pero ahora dice el mayor… Arf… que si no tienes nada que hacer, a él tampoco le desagradas.

Un día leeríamos en los diarios el ya nada sorprendente titular de Habemus Papa. Al día siguiente, un jadeante corredor con una cinta roja ochentera en la frente nos tendría en ascuas, hasta pronunciar su misiva:
—Arf, arf… Los nuevos vecinos son portugueses.
—¿De parte de quién?
—De los vecinos… Arf… Que son franceses.

Aunque quizá esté siendo demasiado optimista. Puede que un corredor acabase recurriendo a la picaresca de enviar sus mensajes por teléfono y ahorrarse la diferencia. En cuanto le descubrieran, el jefe enviaría en su búsqueda a otro corredor, el último en ser contratado, el hijo chico de la Celsa. Perseguiría al ladrón a lo largo de toda la avenida del ferrocarril. Correrían más allá del cementerio, dejarían atrás todas las fincas. Y por fin, bajo la sombra rojiza de un olivo sin aceitunas, el nuevo le diría al viejo:
—Arf, arf…
—Arf…
—Arf, arf… Arf… Despedido.

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